Hace unos días, leía en una web una frase de Bartomeu Marí, director del “Museu d’Art Contemporani de Barcelona”, que verdaderamente llamó mi atención: “el arte hace pensar, a diferencia del espectáculo”, rezaba. Pese a que pueda parecer el fruto de una reflexión inocente, una conclusión “naïf” sobre un asunto que a priori ya parece de por sí obvio, nos recuerda una cuestión que queda sepultada a veces bajo el polvo de la rutina, una rutina que quiebra por un personal hito vital que solamente es capaz de marcar una obra de arte. Algo así sucedió con la última obra que he podido contemplar, con un retraso imperdonable por cierto, y no sé si estoy seguro de que lo es por un análisis meramente artístico, o más bien por el torrente de inquietudes que ha inyectado en mi mente. Se trata de “Diarios de Motocicleta”, de Walter Salles, un film algunos dirían que comercial que versa sobre un profundo mensaje que en absoluto lo es. Es más, contraponiendo las dos opciones ofrecidas por Marí, es más fácil convencerse que es así.
No soy de los que gustan de desvelar sinopsis, pero supongo que es imposible describir algo sin aludirlo en modo alguno, así que rogaría a aquellos o aquellas que no la hayan visto que dejen de leer en este preciso instante. Salvada esta obligación moral, diremos que la película aborda el llamado “primer viaje latinoamericano” de Ernesto Guevara de la Serna (“Che Guevara”), que realizase en 1952 en compañía de su amigo de juventud Alberto Granado a lo largo del continente. No se trata solamente de un viaje físico, sin duda argumento suficiente para un largometraje, sino de un viaje mental, filosófico, casi espiritual. Tampoco son un total de tres viajes, uno físico y dos interiores, uno por protagonista, porque en realidad ambos viajes son comunes para ambos viajeros, sólo que con resultados diferentes. En esta especie de búsqueda griálica, a pie más que sobre su “Poderosa II”, que adquiere casi el carácter de fetiche templario, van descubriendo una realidad cuya crudeza difícilmente podían recrear en su aburguesada psique postadolescente en las calles de su particular Lambini, la occidentalizada Buenos Aires de los años 50. Van recorriendo esas venas que sobre el mapa surcan graciosas la Patagonia, la Cordillera Andina y la Amazonia, esas venas que, in situ, resultan llenas de sangre de verdad, de sufrimiento indígena y campesino, de enfermedad, de hambre, de miseria y, como telón de fondo y “prima causa” a la vez, de injusticia social. En ese recorrido van adquiriendo consciencia de lo que en la concepción filosófica del Che adquiriría la forma de una nación, o mejor dicho, una “inter-nación” iberoamericana, cuya identidad se cimenta en siglos y siglos de opresión de varios actores imperialistas, y con ella, adquieren también su propia conciencia de clase y su inherente responsabilidad, no ante la historia, sino ante su propia conciencia individual, como trataré de explicar.
La historia queda perfectamente sintetizada en la oscarizada y excelente canción original para la película, compuesta por el cantautor y colega del Che el Dr. Jorge Drexler, “Al Otro Lado del Río”. Cuando esa experiencia vital con el oprimido, ese “tener conciencia” empieza a transformarse en un arrebatador impulso, en un “obrar en atención a la conciencia”, los dos amigos deciden ponerse los manguitos y colaborar como voluntarios en la leprosería de San Pablo donde el Che empieza a vislumbrar cuál es su lugar; empieza a convencerse que no puede cerrar los ojos ante lo que ha visto y ha entendido tan bien; empieza a comprender que hay todo un mundo de injusticias a su alrededor y que, en vez de querer quedarse de brazos cruzados, lo que quiere es cruzar a braza el río Amazonas, una barrera infranqueable que separaba su orilla de la del oprimido. Quiere hacer un nuevo tramo del camino, físico y mental, del que ya no hay retorno posible. Pero lo interesante, a pesar de lo dramático de la escena, no son unas brazadas, no es que logre abarcar intelectivamente la revolución latinoamericana, o la mera percepción del dolor ajeno, sino la última secuencia de la película, donde ambos protagonistas proponen dos maneras diferentes de vivir su conciencia de clase: revolución frente a inmovilismo, sacrificio frente a comodidad, práctica frente a teoría. En ese magistral final, Alberto Granado le cuenta al Che sus planes de futuro, en los que se ve “sentando su treintañera cabeza” como empleado en un hospital de Caracas. Su amigo no lo tiene claro. Ha de ordenar su mente. No la de los demás: nunca invita a Alberto a que le siga, ya que es su camino, que ha de andar en solitario.
Después de este film yo tampoco tengo muy claras muchas cosas. ¿Puede ser que siga habiendo una necesidad real de brigadistas internacionales, de paladines de los pobres, de gente como el Che? ¿Puede ser que las conciencias de los que deberíamos ser combatientes de la causa obrera y campesina permanezcan dormidas, a espaldas de esas venas del dolor que se dibujan sobre el mapa tiñendo de sanguíneas penurias cada vez más pueblos y secando la continuidad de la vida en el planeta y nuestra especie con ella? ¿Puede ser que aquellos que hemos adquirido conciencia de clase seamos unos “Albertos Granados” incapaces de ceder un ápice de nuestra comodidad contribuyendo así a la persistencia de tanta ominosa injusticia social?¿Puede ser que ella no haya desaparecido y sí nuestras ganas de combatirla? ¿Puede ser que el primer mundo no sea la prioridad de la izquierda, que sus clases medias hayamos pasado de oprimidos a opresores, cómplices de todo aquello que repudiamos? Y lo más importante, ¿puede ser que los que vemos todo esto, que no somos pocos precisamente, o al menos eso aseguramos, seamos capaces algún día de atender al lastimoso alarido de nuestras conciencias, si es cierto que las tenemos? ¿Que seamos capaces de hacer algo más que agradecer al destino la suerte que hemos tenido al nacer donde y cuando hemos nacido? Al igual que el Che, no se trata de saldar cuentas con la historia, sino con Pepito Grillo.
El Papa Juan Pablo II, afirmó en su día que el infierno no consta de una sucesión infinita y eterna de parrillas, donde van a gratinarse las almas y las carnes resurrectas de los pecadores, sino que consiste en la visión, Divina Gracia mediante, de la verdad absoluta, ante la cual nuestras malas acciones, y omisiones, se transforman en un insoportable sentimiento de culpa que supone el más terrible de los tormentos (o decía al menos algo parecido, no estoy seguro, ya que no se me puede presentar fácilmente como un fan del epistolario papal de ninguna época). Yo ya he visitado el infierno. Mi infierno. Ya he visto la verdad, sin necesidad de “Nadie” más, sólo mis sentidos. No tengo ni podré nunca tener la conciencia tranquila cuando mis compañeros, lejos pero aun así cerca de mí, son víctimas de los lobos, hambrientos también como ellos, de la inquina humana. Infrahumana. Mis preguntas giran en torno a esta misma cuestión: ¿cruzaré el río o mis brazos? ¿Recorreré el tramo de la verdad o dejaré que mi alma se consuma en una parrilla hasta el mismo día de mi muerte, cumpliendo así con la profecía que dictamina que “aquel que no vive conforme su conciencia acaba adecuando su conciencia a sus actos”? He hecho mi viaje intelectual, pero ¿emprenderé algún día un viaje físico del que no vuelva? ¿Llevaré alguna vez el resto de mi cuerpo hasta donde ya está mi corazón? De lo que sí estoy seguro es que obteniendo las respuestas para mis preguntas, concluiré de paso si es odio o gratitud lo que siento por el arte en general, y en particular por esta vástago suya que me ha llevado a escribir justamente hasta aquí.