Si tuviese que elegir al rey de la selva
no lo elegiría.
Para empezar soy republicano
y para acabar nunca se eligió un monarca,
si me apuras al “pobre” Amadeo.
Pero si aun así tuviese que escoger
no elegiría al león,
ni a otro proanimal de destacable nobleza y virtud.
Los leones no reinan,
los leones son trofeos a los que,
pendiendo su cabeza de una pared
en su opulento y vacuo marco,
se invoca en hipócrita prosopopeya,
cosificando también con ello tal discurso
a semejanza del marco.
¡León Trotsky! ¡León Marx!
¡León Che! ¡León Iglesias!
¡Bonitas melenas
más aún muertas!
¡Bonitas fauces
más aún calladas e inofensivas!
No, el real felino pasó de moda.
¡El Rey ha muerto, viva el Rey!, porque…
Si tuviese que elegir al rey de la selva,
procedería con el camaleón.
Visto su éxito,
y sin salir de la prosopopeya,
con esta nueva personificación,
al profano debe parecerle
que el primero es al segundo
como al arzobispo el obispo.
Pero todo es más simple:
el camaleón es bello.
Quizá sea verdad,
quizá no sea otra cosa que bello
y no pueda hallarse en él mayor tesoro.
Tal vez simpatía.
Pero nos da igual,
el león es rancio y éste lisonja,
y al fin y al cabo a nadie amarga un dulce.
El camaleón es espectáculo
y no hay color entre el mal cine
y la buena literatura
si todo depende de tal concepto.
¡El Rey ha muerto; viva el Rey!, porque…
Si tuviese que elegir al rey de la selva
actuaría como se actúa con la majestad,
intercambiando razón por adulación,
intercambiando justicia por interés,
intercambiando nobleza por belleza.
Así actuamos las gacelas,
se nos ceba hasta que llega San Martín
y nunca sabremos si es por natural cobardía
o por genética resignación hacia la cadena trófica.
De vez en cuando,
una gacela descarriada
se cuestiona si no opta por esta candidatura
sin pasar por cierta asimilación a su caudillo.
Ésta cree que sí.
Ésta cree que al hacerlo se mimetiza con el entorno,
como el camaleón.
Pero en tal acto de fe,
en tal aprehensión de consciencia
y en antinatural rebeldía,
le repugna su color cambiante,
y ,extrapolándolo,
le asquea la volubilidad de toda la selvática fauna.
Le asquea la docilidad de toda la selvática fauna.
¡El Rey ha muerto; viva el Rey!, porque…
Si tuviese que elegir al rey de la selva
refrendaría al ominoso, ridículamente berrugoso,
torpe y exiguo lagartijo
(¿Cómo no iba a hacerlo?
¡Es lo que se espera de una gacela!).
Moriría votando,
votaría matando
mi apreciada dignidad.
Pero ni Dios puede resucitar sin morir,
ni puede redimir sin pasar por tal trance,
y, emulándolo,
tras mi expiración he aquí mi redención:
¡Maldigo al Rey, muera el Rey!
¡Escupo sobre su nombre!
¡Escupo sobre su impresionista piel!
¡Escupo sobre su engañosa belleza,
que disimula con astucia y oscuros ardides
su verdadera naturaleza de inquino depredador!
¡Escupo sobre su pegajosa lengua,
en tanto es herramienta de muerte!
¡Él mató al León!
¡Él asentó su reinado
sobre sus nobles crines inertes!
¡El Rey ha muerto; viva el Rey!, porque…
Si tuviese que elegir al rey de la selva
no lo haría.
No lo haré.
¿Qué hago yo “peñafieleando”?
Me iré a por la hierba,
que, al fin y al cabo,
lo que debe preocuparle a una gacela
no es la jerarquía,
sino el que sus congéneres puedan comer.
¿El Rey ha muerto? ¡A tomar por culo! ¡Pues que viva el Rey!
¡¡¡Muy grande Sergio!!!, No conocía tu blog, pero ahora ya tienes un adepto más.
Que tengo yo cuerpo de bolgs, ultimamente.